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viernes, 24 de julio de 2015

¡VICTORIA!


        La tierra quedó fría y oscura, como hacía mucho que no se encontraba. La luz que disipaba toda oscuridad, se había extinguido, y no existía ser oscuro que no disfrutara del momento. O al menos así, debería haber sido.
        – No te veo feliz, señor.
        Uno de aquellos desagradables seres, miró a su príncipe, sorprendido de que no celebrara tan magna victoria. El que antaño fuera uno de los más leales al caído, miró a aquel ser despreciable, y pensó que solo necesitaría levantar su pie para aplastarlo como el insecto que era. Pero tenía razón, había algo que no cuadraba.
        – Ha sido demasiado fácil – escupió al fin.
        El demonio no entendía. ¿Y qué importaba si había sido fácil? Él estaba muerto. Aquel que se había presentado como el verdadero Hijo de Dios, había sido ejecutado, crucificado, eliminado… Y, aunque aquel temblor había enmudecido todo el mundo espiritual, todo había acabado. El reino de las tinieblas había logrado callar la voz de Dios.
        El espíritu se encogió de hombros, y alzando el vuelo, fue en busca de otros que demostraran mejor actitud.
        Fuera, la actividad demoníaca se había recrudecido. Todos querían festejar la victoria haciendo el mayor daño posible, y si, lograban atormentar a quienes había sido liberados por el tal Jesús, mucho mejor. Mientras Satanás, orgulloso, rodeaba la tierra una vez más, complacido por las acciones de sus legiones.
         Durante dos días, muchos en la región sintieron aquel escalofrío en su espalda, mientras los discípulos, escondidos, sufrían en silencio la vergüenza de no haber tenido mayor talla. El maestro había caído, ¿cómo era posible? Se repetían una y otra vez, incapaz de asociar el hecho, con las últimas enseñanzas del Rabí. Sin embargo no todo estaba acabado. Es más, aquello había sido escrito al menos siete siglo antes.
        Y el momento llegó.
        La lujuria y los excesos, robaron la importancia de la insignificante tumba en la que había depositado su cuerpo, sin embargo, no hubo espíritu demoniaco, que no sintiera el temblor que produjo aquella piedra al rodar.
        Todos levantaron sus miradas hacía el príncipe de este mundo, quién con estupor, comenzaba a negar lentamente. ¿Qué…? – gritó, provocando que los más cercanos, se alejaran por prudencia.
        Pero nadie tuvo que decir nada, para saber que estaba ocurriendo. La luz inextinguible, emergió de la oscuridad, deslumbrando a todo ser, y los demonios comenzaron a huir, según aquel resplandor, se volvía más insoportable.

© TODOS LOS RELATOS SON PROPIEDAD DEL AUTOR, Y ESTÁN AMPARADOS BAJO LOS DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL.

viernes, 7 de enero de 2011

La solución en sus pies.® 2 PARTE


La anciana esperó en silencio, mientras un Dave demasiado confuso luchaba consigo mismo.
— ¿Sabe un libro que siempre me ha gustado leer?.
Dave dirigió su mirada hacia la anciana que con esfuerzo avanzaba hacia las estanterías. Estaba desconcertado, ¿no hablaban de su vida?. Pensó que la anciana sufría los achaques de la edad, o peor aun, y aquel sería el momento en que la mujer, Biblia en mano, le desplegaría un insoportable sermón sobre el infierno. Un sentimiento agridulce enturbió el momento, y resolvió la forma de disculparse sin ofenderla. Ya se disponía a toser para llamar la atención de la anciana cuando ésta se volteo sonriente.
— ¡Aquí está!. ¡El mago de Oz?.
— ¿Qué?. — Ahora si que estaba confundido del todo — ¿Había dicho el mago de Oz?.
— ¿Lo conoces? — preguntó la anciana mostrando una cubierta envejecida.
Dave asintió atónito. ¿Quién no conocía el mago de Oz?. Bueno, no es que lo hubiera leído nunca, pero había visto muchas adaptaciones en la televisión… incluso aquella tan antigua, la que tenía aquella canción tan increíble…
— Está edición me la regalaron siendo yo una niña.
Dave la siguió con la mirada mientras la anciana volvía a sentarse, sin atreverse a interrumpirla, intrigado sobre la dirección que había tomado la conversación.
La anciana le acercó el ejemplar, y Dave no tuvo más remedió que alargar la mano para cogerlo. Con sumo cuidado, hojeo sus páginas gastadas mientras la anciana comenzaba a hablar de nuevo.
— Dorothy, es una chica que vive en Kansas con sus tíos, y tiene algunos problemas de entendimiento con ellos.
Dave sonrió al pensar que ya le había dicho que conocía la historia.
— Entonces un tornado la transporta junto a su casa y su perro al mundo de Oz. ¿no era así?.
La anciana asintió complacida.
— Así es. Pero cuando llega a Oz, alguien le dice que la única persona que lo puede ayudar a volver a casa es el mago de Oz, un personaje singular. Y tras regalarle unos zapatos de charol, le indica que siga el camino de baldosas amarillas.
Dave sin soltar la taza, se reclinó acomodándose en el sillón en el que se encontraba.
— En el camino, Dorothy vive un sinfín de aventuras, conociendo a otros personajes que con sus propios anhelos, deciden acompañarla para presentar sus peticiones al gran mago. El León que precisa de coraje, el espantapájaros que quisiera un cerebro, y el hombre de hojalata que desea profundamente disfrutar de un corazón propio.
La anciana hizo una pausa para comprobar que Dave la seguía, y el, asintió complaciéndola.
— Finalmente, cuando los cuatro amigos llegan a Oz, descubren con gran pesar que el mago no es sino un terrible fraude, y no podrá concederles sus deseos a ninguno de ellos. Obviamente, quién peor lo tenía era la muchacha, quién si nadie lo remediaba, terminaría sus días en aquella extraña tierra lejos de sus parientes ¿no crees? — preguntó a Dave.
Dave se encogió de hombros, dudando si no habría sido una pregunta retórica.
— Bueno, si conoces la historia, recordarás que en cada aventura fue imprescindible la participación de cada uno de los personajes, en las que mostraron cualidades que les indicaba que ya poseían aquello que anhelaban. El león mostró su valentía, reflejando un gran coraje. El espantapájaros fue capaz de urdir un complicado plan para sortear alguna situación, lo que indicaba que poseía inteligencia, y por ende, cerebro. Y el hombre de hojalata, demostró en todo momento de gran sentimiento, lo que le hacía valedor de un gran corazón. Ellos siempre poseyeron esas virtudes, pero nadie nunca supo mostrárselas.
Dave se adelantó para dejar la taza sobre la mesa sin dejar de prestar atención, con los dedos algo entumecidos por mantenerlos en la misma posición. La anciana aprovechó para descansar mientras observaba a Dave, que volvía a reclinarse sobre el asiento.
— ¿Pero qué de la pequeña Dorothy? — preguntó con cierto ímpetu —¿Quién la ayudaría a ella?. ¿Recuerdas?.
Dave reflexionó unos segundos antes de hablar.
— Creo que — comenzó despacio — la hada que le había dado los zapatos, apareció de nuevo. ¿No? — la anciana asintió — y le dijo… — pensó — que para volver a Kansas… …. debía … debía golpear los tacones de sus zapatos ¡Así volvería a casa! ¿verdad?. — Dave se sentía animado por haber recordado la historia, como un niño pequeño, mientras la anciana mostraba una reluciente sonrisa.
— Dave, tu eres como Dorothy.
La sonrisa se le borró tras aquellas palabras ¿Qué?.
— ¿Qué quiere usted decir? — preguntó lentamente.
La anciana aprovechó para volcar la tetera sobre su taza apurando las últimas gotas, mientras un sorprendido Dave la miraba con los ojos muy abiertos.
— Llevas mucho tiempo perdido — comenzó mientras volvía a su posición anterior — anhelando volver a casa, y buscando respuestas dónde nunca las encontrarás. Y sin embargo, tienes la solución junto a ti, de hecho la llevas encima ahora mismo.
Dave estaba atónito, ¿de qué hablaba?. Instintivamente, Dave se palpó los bolsillos hasta sentir el pequeño libro mutilado.
— Ajá — dijo la anciana asintiendo, como si supiera de que se trataba.
Dave metió la mano en el bolsillo, y sacando el objeto lo dejó caer sobre su regazo.
— He ahí tu zapato de charol.
Dave no se atrevió a levantar la cabeza, mientras fijamente, miraba la pasta del librito. — Nuevo Testamento, Salmos y Proverbios – leyó.
— ¿Cómo sabía, y por que dice que…? — Dave buscaba las palabras apropiadas, y la anciana esperó pacientemente.
Finalmente Dave guardó silencio.
— ¿Lo has leído alguna vez? — preguntó la anciana al fin.
Dave negó con la cabeza. — Alguna vez lo intenté, pero no me va demasiado la religión.
La anciana asintió. — Bueno, realmente no va de religión.
Dave levantó la mirada ante aquella declaración. ¿Cómo que no va de religión?.
Continuará.

viernes, 25 de julio de 2008

La solución en sus pies.® (revisado)


Dave estaba desesperado. Todo le salía mal y no podía quitarse de la cabeza, que había perdido lo que más quería… y que era demasiado tarde para enmendarlo.
—¡No vuelvas hasta que cambies! — le había escupido a la cara. Algo que ahora veía imposible. Sin embargo, no siempre fue así.
Por unos momentos recordó con dolor otros tiempos más felices, y el tormento fue aun mayor. Sintió como agujas incandescentes en su corazón y no encontraba mejor solución que acabar con todo de una maldita vez. Estaba decidido... si reunía las fuerzas para ello; esa misma noche, Dave pasaría a la historia.
Se inyectó una pequeña dosis de valía bañada en miserable autoconvencimiento, y evitando pensar demasiado en lo que dejaba atrás, huyó del sucio cuartucho que tenía alquilado desde que Sarah lo había echado de su propia casa.
Casi sin respirar, se dirigió al majestuoso puente que separaba la ciudad con lo demás, un orgullo local y la última parada de su paupérrima existencia. Pensaba en su vida antes de… y creyó apreciar algo en su interior que parecía empujarlo a recapacitar, tan fuerte que detuvo en seco sus pasos creyendo que alguien le gritaba. Pero estaba solo, era tarde y hacía frío, además ¿quién le iba gritar a él? Dave, el sin amigos, el sin trabajo, el sin… familia, pura escoria.
— No seas necio Dave, ¿no sabes que todo tiene solución? —. Volvió a oír otra vez.
Rápidamente se giró hacía un lado, hacia el otro, pero seguía solo. ¿Se estaba volviendo loco?... o más bien… seguro… era la llamada de aquel vicio estúpido que le había arruinado la vida.
—¡No! —. Estaba totalmente decidido, había llegado su hora. Se palpó en el bolsillo del abrigo y al tacto de algo que abultaba, sonrió tristemente. — Aquí estás viejo amigo, tu la harás callar .
Con dificultad, sacó la pequeña botella y empinándola sobre su cara, dejó caer el whisky más barato que había podido encontrar. Sin embargo funcionaba, no solo le hacía olvidar, sino que además mitigaba aquel frío que le tullía los huesos. Apuró el resto, y cuando la hubo vaciado del todo, la lanzó lo más lejos posible oyéndose un distante estallido de vidrios rotos.
— Pronto acabará todo.
No tardó mucho en divisar el puente Richmountain, una de las maravillas del estado, y el lugar ideal para dejarse caer, hablando de forma literal. Y es que no solo era famoso por su impresionante altura, si no por que se hallaba sobre uno de los ríos con más fuerza de todo el país. Si no se mataba con el golpe seguro que acabaría ahogado, todo un consuelo.
Se detuvo a escasos metros de la majestuosa infraestructura pensando en como debía proceder, calculando, previendo, tan ensimismado que no se había percatado que se encontraba parado en medio de la carretera, cuando un estruendoso claxon lo devolvió a la realidad. ¡uff, había estado cerca!.
Dolorido logró reincorporarse, y lentamente se apartó de la carretera hasta llegar a una pequeña acera donde se sentó para descansar un poco. De todas formas el puente no se movería de allí, al menos durante aquel rato. Sonrió.
Tenía ganas de fumarse un pitillo y lamentó no llevar papel para hacerse uno. Sacó de su bolsillo superior la bolsa que contenía el tabaco desmenuzado, mientras suspiraba anhelando más que nunca poder fumar aquella última vez. Entonces una brillante idea se cruzó por su mente, y con una mueca divertida, sacó un pequeño librito que había encontrado en la mesita de noche de la habitación en la que residía y lo abrió. Era un nuevo testamente de esos que Los Gedeones van dejando por los hoteles, hospitales, cuarteles, etc. ... — ¡Que oportuno! — pensó.
Con suavidad, tocó cada una de las hojas preguntándose si a alguien le importaría aquello... — ¿Y por qué no? —. Que más daba, pronto terminaría todo. Arrancó una hoja con decisión, se guardó el resto, y con la maestría de aquel que había hecho aquello muchas veces, se preparó un cigarro... un grandioso y enorme cigarrillo. Ya tenía la llama del mechero encendida cuando una delicada voz lo distrajo de lo que se proponía hacer.
— ¿Se encuentra usted bien?... ¿Le ha hecho daño aquel coche?.
Dave se giro sin levantarse, y no pudo distinguir quién le hablaba. La luz de la farola lo tenía deslumbrado, pero la voz le sonó gastada.
— Esto... — balbuceó — no... no... digo… si estoy bien, gracias.
Dave sonrió lastimosamente. Lo cierto es que no estaba nada bien, pero ¿a quién se lo iba a decir?. La persona avanzó un poco, y Dave agradeció que ya pudiera ver su rostro. Efectivamente era una anciana.
— Lo he visto todo desde mi ventana, ahí arriba — dijo señalando el piso superior del pequeño edificio que tenían a su espalda — pero estoy mayor y he tardado un poco en bajar. ¿Seguro que se encuentra bien?.
Dave tardó unos segundos en asentir. De una manera extrañamente desconcertante, aquella mujer denotaba sinceridad en sus palabras, y eso era una sorpresa para los tiempos que vivían.
— No, no me encuentro bien.
Dave se llevó rápidamente la mano a la boca. —¿Por que había dicho aquello? —. Parecía de locos, pero su boca había tomado la determinación de ir por libre. El no quería haber dicho eso, ¿a quién le importaba como se encontraba?. Debía rectificar... ipso facto. Nuevamente abrió la boca para retractarse de lo dicho.
— Mi vida es un caos .
¿Quién había dicho eso?. Dave lo había oído de su propia boca, sonaba como su voz, pero él no había hablado, ¿por que narices su boca no le obedecía?. Aquella sensación no le gustaba y pensó que era mejor callar.
La abuelita lo miro con compasión, y Dave lo percibió. Se sentía desprotegido, indefenso, intimidado... pero ¿por que?, ¿sería que aquella apocada anciana le daba miedo?. Dave comenzó a temblar. La anciana sonrió aun más, y con una voz dulce pero firme, habló.
— Venga conmigo joven. Le serviré una taza de té bien caliente, eso lo reanimará.
Más que desconcertado, Dave se sentía aturdido. Lentamente comenzó a reincorporarse, y como un niño recriminado la siguió sin rechistar hacia el interior del edificio.
El apartamento no era muy grande, pero tampoco pequeño. Dave se detuvo frente a un impresionante cuadro que inundaba la pared del salón. En él la cabeza de un león se alzaba triunfante sobre una cosecha preparada para la siega.
— ¿Le gusta?.
Dave se giró con rapidez y asintió sin poder ocultar que extrañamente se sentía avergonzado. — Si. Es…— Optó por callar al no encontrar el adjetivo.
—¿Majestuoso?.
Dave volvió a asentir sin apartar la mirada del cuadro, y la abuela sonrió mientras dejaba la bandeja sobre una pequeña mesa en el lateral de la habitación.
—Es un cuadro que me regaló un importante pintor. El león representa a nuestro Señor Jesucristo, y la cosecha, un mundo preparado para conocerle.
—Dave, mostró una sonrisa forzada. Nunca le interesó demasiado la religión, pero ofenderla era lo último que querría hacer en ese momento.
Mientras la anciana servía el te, Dave se fijó detenidamente en la cantidad de libros que tenía la mujer en toda la sala, y en el impresionante orden que se manifestaba en todos ellos. Estaban catalogados en cada estante por categorías, categorías identificadas por pequeños cartelitos, luego por tamaños, de mayor a menor.
— ¿Los ha leído todos?.
La anciana miró hacía lo que consideraba sus preciados tesoros, y Dave creyó ver en sus ojos un pequeño brillo.
—Es una de las pocas cosas que se puede hacer a mi edad, cuando el tiempo no acompaña ¿no cree?.
Dave no contestó. Un gran Biblia se apostaba en una de las estanterías de forma llamativa, y recordando lo que estuvo a punto de hacer antes de que la anciana lo interrumpiera, se avergonzó.
— ¿Azúcar?.
Dave volvió a la realidad, y acercándose a la mesa arrimó la taza hacía la anciana que con delicadeza le sirvió un terrón. Esperó a que la mujer tomara su lugar antes de dar un primer sorbo.
— No ha sido fácil su vida. ¿No es cierto?.
Dave se sorprendió de la franqueza de la dulce mujer, y extrañado de no sentirse incómodo, percibió un intenso bienestar que había demasiado que no experimentaba. Conmovido, agachó la cabeza a la vez que suspiró profundamente.
— Lo cierto... — habló empotrándose contra las palabras — lo cierto, es que
no.
Continuará.

sábado, 14 de junio de 2008

Ni un paso en toda su vida ©


           Caepio asomó la cabeza por la angosta ventana, como cada día al despuntar el alba.
           – ¡Arriba dormilón! ¡Es hora de trabajar!
           Pero para Bucco, un nuevo día, no era muy diferente a un nuevo suplicio. Así que haciendo palanca con el codo, movió todo el cuerpo hasta colocarse de lado, dando la espalda al risueño vendedor de cebollas.
           – Sabes que no te tengo compasión. Te tiraré de la cama si es necesario.
           Bucco suspiró ¿Es que no podía dejarle en paz?
           – ¡Déjame morir! Además ¡Apestas!
           Caepio se acercó la manga a la nariz, y comenzó a estornudar repetidamente.
           – No sé que es más patético, un tullido como yo, o un vendedor de cebollas al que le dan alergia las cebollas – Bucco habló, volviendo con esfuerzo a su posición anterior.
           Caepio que luchaba por no volver a estornudar, soltó una carcajada que, mezclada con el estornudo, produjo un sonido extrañísimo.
           A su vez, y agarrándose a unos nudos de soga que tenía sobre él, Bucco se incorporó a medio cuerpo sobre el catre. Necesitaría unos segundos más para mover aquellos miembros sin vida, quedando en una posición cómoda.
           – Espera que te ayudo – Caepio se ofreció dejando la ventana.
           Pero Bucco no quería ayuda. Llevaba demasiados años en aquella condición, toda la vida para ser más concretos, y poder salir de la cama era uno de los pocos vestigios de dignidad que le quedaban.
           Cuando Caepio llegó, Bucco se encontraba sentado en el borde de la cama, con los pies sobre el suelo.
           – Mírate, pareces… – calló arrepintiéndose de lo que iba a decir.
           – ¿Normal?
           Caepio se mordió el labio inferior. Ofender a su amigo era lo último que querría.
           – Disculpa, yo no quise…
           – No te preocupes. Lo cierto es que sí que lo parezco.
           Bucco mostró una sonrisa triste, quitando hierro al asunto. Desde hacía mucho aquel era su único amigo, y los amigos se lo perdonan todo.
           – Vístete, comeremos algo por el camino. ¡Verás como Abundantia nos regala un día prospero!
           Bucco suspiró. Tiempo ha que ya no creía en los dioses, pero en una ciudad como Listra, si había algo peor que ser un tullido, era ser un sin creencia. Y con una tara le bastaba, y le sobraba. Así que sonrió como si coincidiese en aquel augurio.
           Habituados, Bucco se colocó con agilidad sobre su particular medio de transporte, una tabla que con cuatro tubos de madera, parecía acercarse a una suerte de carro en miniatura, y permitió que Caepio lo empujara.
           Todos los días la misma rutina. Caepio lo despertaba, él se montaba en aquel extraño artilugio y juntos, se procuraban el sustento de la única forma que la vida les había permitido. Bucco ejerciendo la mendicidad, y su joven amigo, ofreciendo en venta aquellas famosas cebollas de Listra, que no solo eran muy sabrosas en la alimentación, sino que servían como excelente remedio para diferentes males y dolencias.
           De camino a las concurridas calles centrales, donde los templos congregaban tanto como los aforos, y se hacía posible que los amigos sacasen una cantidad razonable de stipendium, Bucco observaba con envidia todo el movimiento que se generaba en aquella pequeña ciudad. Suspiró mientras pensaba en cuanto se podía echar de menos algo que nunca se había tenido; Los juegos infantiles, una compañera, el amor de unos padres orgullosos… todo por no haber sido capaz de dar un paso en toda su vida.
           – ¿Estarás bien?
           Caepio pretendió asegurarse, antes de dejarlo sólo en el lugar elegido para ese día. Se conocían desde siempre, y seguramente era la única persona en aquel injusto mundo, al que no le importaba su discapacidad.
           – Seguro. Ve a vender tus apestosas cebollas – farfulló de mala manera.
           Y así quedó una vez más desamparado, en medio de un gentío que lo ignoraba, mientras Caepio se alejaba gritando a viva voz:
           – ¡Cebollas! ¡Las mejores cebollas de Licaonia! ¡Cebollas, hermosas! ¡Vendo Cebollas!
           Bucco respiró hondamente, y usando sus puños en forma de pala, movió el carrillo hasta un lateral de la plaza.
           Desde hacía semanas las limosnas habían descendido, y si ese día no tenía una buena ganancia, ya no sabría que más hacer. ¡Y de seguro que no sería capaz de soportar otra sopa de cebolla más!
            – ¡Unas monedas por compasión! – gritó cuando alguien pasó por su vera.
           Pero el hombre lo ignoró como si hubiese oído el viento.
           – ¡Que la Bona Dea, las recompense con muchos hijos por su generosidad! – provocó a unas mujeres que pasaban entre risas.
           Pero nadie mostró la más mínima compasión por el tullido de Listra, mientras éste se desgañitaba por unas monedas.
             ¿Por qué me castigas? – gritó dirigiéndose a las puertas del templo que representaba al dios padre de todos los dioses –. ¿No te has reído lo suficiente de mí?
           Bucco levantó los puños en medio de los improperios, sin importarle que aquellos que pasaban por allí lo miraran extrañados. Ya lo hacían siempre.
           – ¿Por qué no permitiste mi muerte al nacer? ¿Es que el oscuro Hades te debía algo?
           A cada palabra que soltaba, Bucco sentía cómo el ardor que provocaba aquella rabia contenida desde hacía tanto, le quemaba el interior, mientras las lágrimas comenzaban a florecer sin remedio.
           – ¿Hasta cuándo? – gritó más alto.
           Pero era incapaz de expresar con palabras todo el odio que parecía emerger. Bucco tomó el cuenco de madera que usaba para las monedas, y levantándolo tan alto que pareciere que se pondría de pie, lo lanzó con todas las fuerzas que aquella irritación le acababa de otorgar.
           Suerte que nadie pasaba por delante, porque aquello le hubiera causado un gran disgusto al frustrado Bucco.
           Se secó las lágrimas con la manga, y mostrando una mísera sonrisa a quiénes aun lo miraban sorprendido, se dirigió al lugar dónde habría acabado el pobre cuenco de madera que no tenía culpa de nada.
           Poco le importaba que a cada impulso de puños, sintiera pequeñas dagas en los nudillos. Era un bajo precio a pagar por un poco de independencia.
           Al llegar, notó cómo muchos se acercaban a pocos metros, agolpándose entre sí.
           – ¿Qué ocurre buena ciudadana? – preguntó a una mujer que hacía lo posible por asomarse.
           – Otro predicador – la mujer habló sin mirar hacía abajo. Bastante hacía con hablar con aquel desecho.
           – ¿De qué dios o diosa, si se me permite la pregunta?
           Pero la mujer había tenido suficiente, y lo ignoró.
           Bucco a quien siempre le gustó la retórica, sintió curiosidad. Sabía que no sería fácil acercarse, pero si presionaba, quizás la gente le permitiera un hueco lo suficientemente adelantado como para oír con claridad.
           Puño a puño, el impedido avanzó golpeando tobillo tras tobillo con la tabla, lo que le ofreció cierta ventaja, y sin saber cómo se encontró en primera fila.
           El predicador no era un tipo demasiado grande, ni apuesto, pero tenía autoridad en su porte, y le acompañaba alguien que asentía a cada palabra, aunque su rostro denotara cierta preocupación. Sin duda eran judíos, como tantos otros que se movían por la ciudad, sobre todo en tiempos de comercio, pero hablaban de forma diferente.
           – Y el Dios que hizo los cielos y la tierra, aquel que es sin principio ni fin, no estimó hacerse hombre, humillándose hasta muerte de cruz, para ofrecernos vida a nosotros, todos, quienes hasta el conocimiento de su justicia, somos muertos en nuestros delitos y pecados.
           – ¿Pecados? ¿Delitos? – se preguntó Bucco para sí mismo –. Mi único delito fue nacer.
           – ¿Y qué clase de Dios es ese que se deja matar en una cruz? – preguntó alguien con malicia.
           Bucco levantó la cabeza tanto como pudo, pero no logró identificar a quién habló.
           – El Único y Verdadero. Aquel que pudiendo enviarte a la condenación eterna, decidió de propia voluntad sufrir aquel tormento, para que por Su sangre derramada, tú tengas la oportunidad de ser perdonado de todos tus pecados.
           – ¿Qué pecados? – gritó otro desde más lejos.
           Pero el predicador no se achantaba, levantando más la voz.
           – Aquellos que desobedecen los mandamientos de Dios. Honra a tu padre y madre, no mates, no adulteres, no robes, no mientas ni perjures, no codicies el bien de tu prójimo, no tengas otros dioses aparte de Él… y no te hagas ninguna imagen ni ídolo, ni te inclines ante ella, ni le rindas culto, porque solo Él es Dios, y solo Él merece la honra y la gloria.
           Aquellas palabras provocaron cierta algarabía, y todos comenzaron a debatir entre ellos. Sin embargo a Bucco, aquello le llegó a lo más profundo de su ser.
           – «Honrar a sus padres, mentir, robar, codiciar…»
           Y eso solo debía ser la punta, porque un sentimiento de desolación lo atrapó de tal manera, que sintió cómo la boca se le secaba.
           – Y… ¿cuál es… el nombre de ese Dios? – preguntó conmocionado, tan bajo, que no creyó ser oído.
           – Jesucristo – contestó el predicador con una sonrisa de oreja a oreja.
           Bucco se sonrojó, al sentir las miradas sobre su persona. Pero creía.
           Cada parte de su cuerpo, aun las que no tenían vida, le decían que aquello era cierto. Jesucristo de alguna manera era real, y él, el ser más vil en toda la región.
           El predicador levantó una mano, pidiendo la atención de los oyentes, aunque solo fuera por un momento.
           – Sé que estas palabras puedan traer confusión, pues son misterios que solo la fe puede admitir, pero para demostrar que no son palabras vanas, ni simple conocimiento, sino que en Jesucristo está todo el poder, a ti te digo – habló mirando a Bucco – ¡Levántate derecho sobre tus pies!
           Lo que ocurrió a continuación, si no hubiera sido porque lo experimentó en sus propias carnes, Bucco nunca lo hubiera creído.
           Una indescriptible sensación de calor, comenzó a bajar por todo su cuerpo hasta llegar a sus pies, notando un enorme cosquilleo parecido al que sucede cuando se duerme una extremidad. No sabría precisar dónde comenzaba el dolor y dónde terminaba la incomodidad, pero de una forma extraña, sentía vida en sus piernas.
           – ¡Vamos!
           El predicador habló sonriente, y Bucco lo miró asustado.  ¿Aquello era real?
            Pero él sabía que era real. No sabría explicar cómo, ni por queé. Pero en su interior sabía que lo era, y no necesitaba más explicaciones.
            Usó sus manos para moverlas, como hacía para salir de la cama, y al estirar la pierna derecha, sintió cómo ésta se le afirmaba. Luego con la izquierda, ocurriendo lo mismo.
            – ¡Mueve los dedos! – gritó alguien cercano.
            La multitud se acercó agolpándose unos y otros alrededor de Bucco, quién aun se sentía como en un sueño. Finalmente, estiró un brazo hacia arriba pidiendo algo de ayuda, y varios se adelantaron para tirar de él. Cuando lo hicieron, Bucco quedó erguido y apoyado sobre sus piernas, que ante la sorpresa de la multitud soportaban su cuerpo.
            Bucco levantó la mirada, encontrando la cara de asombro de todos los que allí había, antes de volverla a su pies. ¿Cómo era posible?
            Hizo todo el esfuerzo, y sintió cómo la orden de su cerebro producía el efecto deseado, moviendo primero la pierna derecha. Casi se cae al moverse, pero los que estaban junto a él lo sujetaron. ¡No sabía andar! ¡Nunca lo había hecho! Pero aun así, nadie impediría que lo intentara. Nuevamente erguido, movió lentamente la pierna derecha, arrastrándolo por el suelo, luego la izquierda, y ante un silencio sepulcral se adelantó solo un par de metros.
            Aquello era inaudito. Jamás nadie había visto nada igual en aquel lugar. Bucco volvió a levantar la mirada, encontrándose con un Caepio, que con la boca abierta, lo observaba como quién mira a un fantasma.
            – Puedes… andar – habló temeroso de acercarse más.
            Bucco que fue incapaz de contener las lágrimas, buscó al predicador con la mirada.
            – Ha sido Jesucristo, el verdadero Dios – habló convencido, volviendo el rostro a su amigo.
            De repente el tumulto, que aun no había sido capaz de reaccionar, comenzó a gritar y vitorear por el milagro.
            – ¡Son Zeus y Hermes! ¡Los dioses nos visitan!
            Pablo miró a Bernabé con los ojos muy abiertos. ¿Pero es que no se habían enterado de nada?
            Sin embargo, alguien si lo había hecho. Un nuevo discípulo de Jesucristo se alejó lentamente del tumulto, consciente de que su vida había cambiado para siempre.

(Continúa en el Libro de Hechos capítulo 14. La Biblia)

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Este relato lo puedes encontrar en el libro "Los Frutos del Arbol" de ADECE. LOS FRUTOS DEL ÁRBOL - ADECE) 
Todos los relatos, son propiedad del autor, y están amparados bajo los derechos de la Propiedad Intelectual ©